Cuando un signo advierte sobre enfermedad o muerte, el modo de comunicarlo define el trabajo del babalawo. Aquí exploramos el lenguaje, la ética y la responsabilidad que exige ese momento.
Pocas situaciones exigen tanta madurez del babalawo como el momento en que un signo advierte sobre enfermedad grave o muerte. Ifá habla de todo lo que forma parte de la vida humana, y la muerte, llamada Iku, es parte inseparable de esa vida. El punto delicado no está en que Ifá lo mencione, sino en cómo el sacerdote traduce ese mensaje a la persona que tiene delante.
Leer más
Dentro del contexto afrocubano, el babalawo funciona como intérprete. No inventa el mensaje ni lo suaviza a su antojo, pero tampoco lo lanza como una sentencia. Su trabajo consiste en leer el signo, comprender su advertencia y encontrar la forma justa de comunicarlo. Esa forma importa tanto como el contenido. Una palabra dicha sin cuidado puede hacer más daño que la propia situación que Ifá señala.
Conviene aclarar algo desde el inicio. La tradición de Ifá no se orienta a predecir la muerte como un hecho fijo e inevitable. Se orienta a advertir sobre peligros para que la persona actúe. Cuando un Odu presenta una advertencia de Iku o de enfermedad grave, casi siempre viene acompañado de un camino de solución, un ebbó, una conducta que corregir o una recomendación práctica. El mensaje central no es que la persona morirá. El mensaje es que debe atender algo con urgencia.
Por eso el lenguaje del babalawo debe ser claro sin ser cruel. Decir a un consultante que va a morir, sin matices y sin salida, no es fidelidad a Ifá. Es una lectura incompleta. El signo que anuncia un riesgo también abre la puerta a evitarlo. Si el sacerdote transmite solo la mitad oscura del mensaje, traiciona el sentido mismo de la consulta.
Existe una diferencia entre advertir y sentenciar. Advertir significa informar de un riesgo y ofrecer una vía. Sentenciar significa afirmar un desenlace como si ya estuviera escrito. La ética del oráculo se inclina hacia la advertencia. El babalawo puede y debe decir que hay un peligro de salud, que hay una situación grave rodeando a la persona, que Iku aparece en el registro. Lo que no corresponde es cerrar toda esperanza.
La responsabilidad también incluye reconocer los límites del sacerdote. El babalawo no es médico. Cuando un signo apunta a una enfermedad, la recomendación prudente combina el trabajo religioso con la atención de salud. Ifá puede señalar que algo anda mal en el cuerpo, y esa señal debe empujar a la persona a buscar un diagnóstico profesional. Separar la religión de la medicina no debilita el mensaje. Lo completa. Un babalawo maduro nunca desalienta a alguien de ir al médico.
El estado emocional del consultante forma parte del cálculo. Muchas personas llegan a una consulta con miedo, con dolor o con una crisis abierta. Recibir una advertencia de muerte en ese estado puede desestabilizar a cualquiera. Aquí el sacerdote necesita sensibilidad. Elegir el tono, medir las palabras y acompañar el mensaje con la salida que Ifá ofrece. La consulta no busca asustar. Busca orientar.
Hay otro punto que conviene tratar con honestidad. No todo babalawo maneja este tema con igual prudencia. Algunos, por inexperiencia o por afán de impresionar, exageran las advertencias. Otros callan por miedo a dar una mala noticia. Ninguno de los dos extremos sirve al consultante. El equilibrio exige preparación, conocimiento del cuerpo de Odu y una ética personal firme.
El secreto sacerdotal también entra en juego. Lo que se dice en una consulta pertenece a esa persona. Difundir que a alguien le salió muerte en el registro rompe la confianza y puede generar rumores dañinos. La discreción protege al consultante y protege la seriedad del trabajo.
Desde una mirada más amplia, la relación de Ifá con la muerte no es de temor ciego. La muerte forma parte del orden natural. Iku cumple una función dentro del universo espiritual yoruba. El objetivo del oráculo no es negar ese orden, sino ayudar a la persona a vivir con salud, con equilibrio y con tiempo suficiente para cumplir su camino. Cuando la muerte aparece en un registro, la lectura sabia pregunta qué se puede hacer, no cuándo llegará el final.
Para quien consulta, hay una enseñanza práctica. Una advertencia de Ifá sobre salud o muerte no es una condena. Es una invitación a la acción. Hacer el ebbó indicado, corregir conductas de riesgo, cuidar el cuerpo y atender lo que se había descuidado. La persona que recibe esa advertencia y actúa cambia su relación con el peligro señalado.
Para quien ejerce el sacerdocio, la enseñanza es igual de clara. El modo de hablar define la calidad del trabajo. Un babalawo que sabe transmitir una advertencia grave con firmeza, con respeto y con una salida honra la tradición. Un babalawo que solo siembra miedo se aparta de ella. La prudencia no es debilidad. Es el rasgo de quien entiende el peso de las palabras que pronuncia en nombre de Ifá.