La Mano de Orula y su lugar dentro de la práctica afrocubana de Ifá

La entrega de la Mano de Orula exige presencia, pacto personal y ritual correcto. Aquí aclaramos por qué esta consagración no admite atajos ni sustitutos, ni siquiera la madre.

La Mano de Orula ocupa un lugar central en la vida religiosa de quien se acerca a Ifá dentro de la tradición afrocubana. Esta consagración marca el primer pacto formal de la persona con Orunmila. En ese momento se determina el Ángel de la Guarda, se reciben los guerreros y se abre el conocimiento sobre el destino que la persona trajo al mundo. Por su alcance, no se trata de un trámite ni de un objeto que se entrega de cualquier forma. Es un rito que compromete la vida entera del consagrado.

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Para entender su importancia conviene fijar dos conceptos que muchas veces se confunden. El primero es la ceremonia. Una ceremonia es la acción que se realiza según una costumbre, un reglamento o una norma, con el fin de rendir tributo, manifestar respeto o adherirse a algo o a alguien. Toda ceremonia se apoya en un ritual o en un rito basado en la tradición. No es hacer lo que a cada quien le parezca. Es ejecutar el ritual correcto que corresponde a esa ceremonia.

El segundo concepto es la consagración. Consagrar significa ofrecer o dedicar a una persona, un lugar o una cosa a una entidad sagrada, mediante el rito adecuado. De aquí se deduce algo que resulta lógico. Las ceremonias y las consagraciones son personales. Quien pasa por una consagración, sea para recibir un Orisha, un Inshe Ozaín o la propia Mano de Orula, debe estar presente. Solo la persona puede sellar el pacto que se establece con la deidad. Nadie puede hacer ese pacto por otro. Ni siquiera la madre.

Esta claridad se vuelve necesaria porque han surgido prácticas que desvirtúan la entrega de la Mano de Orula. Una de ellas consiste en entregar Awofakan o Ikofá sin que la persona esté presente, enviándola con un tercero o incluso por correo. Esto es una de las mayores chapucerías que se pueden cometer. De ese modo se aturde a la gente, se le hace cargar un karma que no le pertenece y se le imponen tabúes que no le corresponden.

De esa mala modalidad nace otra peor. Consiste en entregar la Mano de Orula a través de la madre. A estas personas ni siquiera las pasan por ningún pacto. No solo les determinan un Ángel de la Guarda, sino que les entregan Awofakan o Ikofá por medio de la mano de la madre. Se engaña a la madre para que reciba la consagración a nombre del hijo y se le asigna un Itá que no se corresponde con la realidad de nadie. Esta práctica no tiene base ritual. Quien la ejecuta o es un estafador o proviene de una cadena de enseñanzas equivocadas.

Los que defienden esta aberración suelen escudarse en el Odu de Ifá Oggunda Meyi. Afirman que allí se autoriza a la madre a actuar por el hijo. Pero el signo no dice eso. En Oggunda Meyi nace que la madre pueda registrarse y hacer Ebbó para salvar a un hijo sin que este esté presente. Esto es muy distinto a que la madre haga ceremonias a nombre del hijo. El pataki de Yemayá salvando a Inle y a Ochosi lo confirma. Yemayá se hizo registro por consejo de un Awó y ejecutó el Ebbó indicado para proteger a sus hijos en sus oficios. Hizo un Ebbó puntual. No consagró a nadie.

Este mismo principio aparece en la tradición nigeriana. En el Odu Obbara Meyi, la madre de Obbara escucha por el camino el plan para asesinar a su hijo. Corre a consultar a los sacerdotes de Ifá, hace lo que le indican y con esa acción salva la vida de su hijo único. Es de nuevo un registro y un Ebbó ante una situación concreta. En ningún momento la madre ocupa el lugar del hijo en una consagración.

Otro signo que se cita mal es Oggunda Otrupon. Cuando se revisa el pataki, no aparece nada sobre ceremonias por medio de la madre. Un joven va a casa de Orunmila, quien le ve el signo y le manda a hacer Ebbó porque lo quieren matar. El muchacho se distrae y no completa la rogación. Ante la demora, la madre acude a casa de Orunmila y hace el Ebbó por él. Gracias a eso el hijo se salva, y Orunmila manda a darle moforibale a la madre. Otra vez es un Ebbó por una circunstancia puntual. Nunca una ceremonia de consagración.

Para comprender por qué esto no admite sustitutos hay que volver a la cosmovisión sobre cómo nacemos. Antes de venir al mundo, la persona se presenta ante Olodumare y manifiesta sus deseos terrenales. Dos testigos acompañan ese momento. Orunmila y el Ángel de la Guarda. Olodumare escucha, entrega un consejo y su bendición, y la persona parte a nacer. Al nacer olvidamos esos deseos, pero quedan impresos en nuestra cabeza, en el Orí.

Por eso el recién nacido debe ser llevado a los pies de Orunmila. Solo él puede leer en el Orí de la persona cuál fue el Orisha que la acompañó y cuál el destino solicitado en el cielo. Ese código está en tu propia cabeza y en la de nadie más. La madre no estuvo presente en esa elección. No la vio y no la puede conocer. Nuestro destino no se encuentra almacenado en el Orí de otra persona.

De ahí que hacer ceremonias a través de la madre sea una imposibilidad litúrgica. No se puede leer en ella lo que solo está escrito en el hijo. Quien acepta esta modalidad se expone a cargar tabúes ajenos, karmas que no le pertenecen y, peor aún, a adorar o coronar un Orisha equivocado. Nadie puede ser depositario del destino de otro. Ni la madre, ni ningún tercero. La Mano de Orula se recibe con presencia, con pacto y con el rito correcto, o no se recibe.

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