La relación entre Èsù e Ifá en el proceso de adivinación

Un recorrido por los mitos yorùbá que explican cómo Èsù participa en el origen del oráculo de Ifá y por qué recibe su parte en cada sacrificio.

Ifá es uno de los sistemas de adivinación más antiguos que aún se usa en África y en la diáspora. La palabra Dáfa deriva de la expresión da Ifá, que significa dividir la sabiduría del oráculo. Es el término yorùbá que nombra el proceso de consulta. Detrás de ese proceso existe una relación que muchos practicantes olvidan o pasan por alto. Se trata del vínculo entre Èsù e Ifá. Los mitos que llegaron a Cuba explican ese vínculo con detalle y ayudan a entender por qué la figura de Èsù aparece siempre ligada al acto adivinatorio.

Leer más

Ifá es una colección oral de versos poéticos y simbólicos. Guarda sabiduría, conocimiento, disciplina espiritual y técnicas de sanación desarrolladas durante siglos por la cultura yorùbá. Ese cuerpo no es estático. Con el tiempo se suman nuevas soluciones para nuevos problemas. Dentro de esa estructura viva, la participación de Èsù no es un accesorio. Varios relatos lo colocan en el origen mismo del oráculo.

Uno de los mitos más conocidos narra cómo en los primeros días del mundo la raza humana era escasa en número. Las divinidades recibían pocos sacrificios y por eso pasaban hambre con frecuencia. Tenían que buscar su propio sustento. Ifá se puso a pescar sin éxito. Al verse en necesidad, consultó a Èsù, llamado también Elegba. Èsù le dijo que si conseguía dieciséis nueces de palma de dos palmeras de Orungan, el jefe, él le enseñaría a pronosticar el futuro y a beneficiar a la humanidad. A cambio, la primera elección de todos los sacrificios debía ser para Èsù.

Ifá aceptó la condición. Fue a Orungan y le explicó el propósito de su pedido. Orungan, entusiasmado con la posibilidad de aliviar el hambre de las divinidades, llevó a su esposa y se apresuró a recoger las nueces. La esposa de Orungan las entregó a Ifá. Entonces Elegba dio clases a Ifá. Ifá, a su vez, enseñó a Orungan y lo convirtió en el primer Babalawo. En este relato queda clara una idea central. Èsù enseña, Ifá recibe y transmite, y de esa cadena nace el oficio del sacerdote adivino.

Otro mito muestra la relación desde otro ángulo. Según esta historia, Odudua no tenía más Orisa que Ifá, y cuando consultaba a alguien consultaba a Ifá. Un día Ifá vino a hacer un sacrificio a Odudua, quien quedó muy satisfecho con la ofrenda. En esa ocasión, Odudua entregó a Èsù a Ifá. Así Èsù, que había sido esclavo de Odudua, se convirtió en el mensajero de Ifá. Por eso, cuando alguien quiere hacer sacrificios a Ifá, se dice que conviene propiciar primero a su mensajero. El relato añade una advertencia sobre su carácter, al describirlo como una persona muy difícil de tratar.

Esta condición de mensajero tiene una función concreta dentro del sistema. Órúnmilá comunicaba a los mortales los designios de Olóòrun a través de intuiciones, corazonadas, sueños, fortuna, beneficios y enfermedades. Las personas buscaban al Babalawo para obtener la palabra final de Órúnmilá. El sacerdote trabajaba con el Opón o el Òpèlè. Inspirado por Órúnmilá y guiado por Ifá, actuaba ayudado y vigilado por Èsù. Con base en el destino del consultante, prescribía ofrendas. Esas ofrendas evitaban que empeorara un mal destino y aseguraban la consumación del buen destino. Y era Èsù quien llevaba las ofrendas a Olóòrun para aliviar el sufrimiento humano.

Aquí aparece el papel operativo de Èsù. Sin él, la ofrenda no llega a su destino. El adivino traza el signo, interpreta el Odu y prescribe el sacrificio. Pero el transporte de ese sacrificio hacia lo alto queda en manos del mensajero. Por eso su presencia acompaña cada consulta seria. La vigilancia que ejerce sobre el proceso garantiza que el trabajo espiritual cumpla su fin.

Entre algunos sacerdotes practicantes existe una versión aún más fuerte. Sostienen que fue Èsù quien inventó el oráculo de Ifá. Según este relato, en tiempos antiguos los seres humanos realizaban sacrificios y el concepto del Orisa era de gran necesidad. Se convocó una reunión para discutir cómo acabar con el sufrimiento aumentando la cantidad de sacrificios. Èsù prometió una solución con una condición. Pidió que se le asegurara una parte de cada sacrificio futuro. Se lo prometieron. Entonces Èsù inventó el oráculo, enseñó su uso al Orisa Ifá, e Ifá otorgó ese conocimiento a los seres humanos en la persona de Órúnmilá.

Siguiendo las órdenes de Ifá, las personas ofrecieron muchos sacrificios a las deidades y su sufrimiento terminó. Desde entonces, Èsù recibe una parte de los sacrificios que le son ofrecidos por orden de Ifá. Este relato explica una costumbre que sigue viva. La porción destinada a Èsù no es un gesto secundario. Responde al pacto que dio origen al oráculo.

Conviene señalar una tensión dentro de la tradición. Otros mitos atribuyen el origen del oráculo a Órúnmilá y a sus dieciséis nueces de palma entregadas a sus hijos. En esas versiones, Ifá regresa al cielo y deja los Ikin como símbolo de autoridad para que sus descendientes se comuniquen con él. La versión que coloca a Èsù como inventor coexiste con la que centra todo en Órúnmilá. No hay una sola voz. Los relatos difieren según la fuente y el linaje que los transmite.

Lo que permanece constante es la función de Èsù dentro del acto adivinatorio. Sea como maestro original, como mensajero recibido de Odudua o como inventor del oráculo, su figura aparece siempre ligada a Ifá. El adivino consulta, interpreta y prescribe. Èsù abre el camino, vigila el proceso y traslada la ofrenda. Comprender esta relación ayuda a entender por qué el respeto a Èsù acompaña cada consulta dentro de la tradición.

Deja un comentario