Racismo y estereotipos en la descripción de las comisiones espirituales: imágenes heredadas y formas responsables de revisarlas

Muchas comisiones espirituales se describen con figuras fijas que arrastran estereotipos raciales. Una mirada respetuosa para entender su origen y revisar el lenguaje con que las nombramos.

En el espiritismo practicado en Cuba y en su diáspora, las comisiones espirituales son formas de organizar y comprender el trabajo de los seres que acompañan a una persona. Se habla de comisiones africanas, de comisiones congas, de comisiones gitanas, de comisiones árabes, entre otras. Cada una agrupa espíritus con rasgos, tareas y modos de manifestarse que la tradición reconoce y transmite. Estas categorías tienen valor práctico. Ayudan al médium a orientar su trabajo y al consultante a entender qué tipo de acompañamiento recibe.

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El problema no está en la existencia de las comisiones. Está en el lenguaje heredado que muchas veces las describe. Con frecuencia, las imágenes que circulan sobre estas comisiones repiten estereotipos raciales fijados en el pasado colonial. Se describe al espíritu africano casi siempre como un esclavo sumiso, viejo, humilde y de habla quebrada. Se describe al gitano como astuto y tramposo. Se describe al árabe como comerciante interesado. Estas figuras no nacieron dentro del espiritismo. Vienen de una sociedad que jerarquizó a las personas por su color y su origen, y que trasladó esa jerarquía al imaginario religioso.

Entender ese origen es el primer paso para revisarlo. El espiritismo cubano se formó en un país marcado por la esclavitud y por siglos de discriminación. Las descripciones de los espíritus recogieron ese mundo. La figura del negro esclavo que aparece en muchas descripciones no describe la totalidad de lo africano ni de lo conga. Refleja una época en que se veía a la población negra desde el prejuicio. Cuando repetimos esas descripciones sin pensarlas, mantenemos vivo ese prejuicio, aunque nuestra intención sea de respeto y devoción.

Hay una diferencia importante entre reconocer la historia de un espíritu y reducirlo a una caricatura. Un espíritu africano puede haber vivido la esclavitud. Esa experiencia forma parte de su historia y merece respeto profundo. Pero ese mismo espíritu fue una persona completa, con sabiduría, dignidad, memoria y fuerza. Describirlo como un viejo sumiso que habla mal borra todo lo demás. Lo empequeñece. Y al empequeñecer al espíritu, se falta el respeto a la persona que fue y a los pueblos de donde vino.

Lo mismo ocurre con otras comisiones. La comisión gitana no debería reducirse a la trampa y el engaño. La comisión árabe no debería reducirse al interés y el comercio. Estos pueblos tienen historia, cultura y espiritualidad propias. Cuando el espiritismo los nombra por un rasgo negativo, repite el modo en que la sociedad los marginó. El resultado es un lenguaje que hiere aunque quien lo usa no busque herir.

Revisar estas descripciones no significa negar las comisiones ni cambiar la práctica por moda. Significa cuidar el modo en que hablamos de los seres que respetamos. Un médium puede seguir reconociendo a un espíritu africano de su cuadro sin describirlo con habla quebrada ni con actitud servil. Puede nombrar su fuerza, su conocimiento de las plantas, su firmeza, su capacidad de defender y de sanar. Esto no debilita el trabajo espiritual. Lo dignifica.

Hay señales prácticas para revisar el lenguaje que usamos. La primera es prestar atención a la caricatura. Si la descripción de un espíritu se apoya en una forma de hablar exagerada, en un defecto físico o en un rasgo de sumisión, conviene detenerse. La segunda es preguntar por la persona detrás del espíritu. Toda entidad fue alguien con una vida entera. La tercera es evitar el chiste fácil. En muchos ambientes se bromea con los espíritus congos o gitanos de un modo que en la vida cotidiana sería reconocido como racista.

La devoción sincera y el respeto por la dignidad humana no se oponen. Un cuadro espiritual bien atendido honra a los seres tal como fueron, no como los pintó el prejuicio. El médium que revisa su lenguaje hace un trabajo espiritual y también un trabajo ético. Aprende a mirar a sus espíritus con ojos más limpios.

Esta revisión pertenece a cada practicante, a cada casa y a cada linaje. No hay una autoridad única que dicte cómo debe hacerse. Por eso conviene la prudencia. Lo que aquí se propone no es una norma cerrada ni una doctrina fija. Es una invitación a pensar. Las tradiciones vivas se sostienen porque quienes las llevan las cuidan. Cuidar el espiritismo incluye cuidar las palabras con que hablamos de quienes nos acompañan desde el otro plano.

Revisar las imágenes heredadas es un acto de respeto hacia los espíritus y hacia los pueblos de los que provienen. También es un acto de fidelidad a lo mejor del espiritismo, que siempre buscó elevar y no rebajar. Al nombrar con dignidad a las comisiones espirituales, honramos su origen, su historia y su presencia entre nosotros. El trabajo del médium gana profundidad cuando el lenguaje acompaña la devoción con verdad y con cuidado.

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