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La función del Oriaté en las ceremonias de Osha

El Oriaté dirige las consagraciones más delicadas del cuarto de santo. Conoce sus deberes, sus cantos y el conocimiento que sostiene su jerarquía dentro de la Osha.

Dentro de la Osha afrocubana existe una figura que concentra buena parte de la responsabilidad ceremonial. Es el Oriaté, también nombrado por muchos como Obá u Obá Oriaté. Su papel no se limita a acompañar. Dirige. Conduce las ceremonias más importantes del culto y sostiene con su conocimiento el orden ritual de todo lo que ocurre en el Igbodú, el cuarto de santo.

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En tierra yoruba el sistema de adivinación de Ifá descansa en los Babalawos. En el Diloggun, en cambio, la función adivinatoria corresponde a los olosha, hombres y mujeres iniciados en el culto de los orichas, y a los babalosha e iyalosha, quienes ya han iniciado a otros. En Cuba se sumó a esta estructura un especialista de mayor jerarquía. Ese especialista es el Oriaté. No basta con que domine el oráculo. Además dirige las ceremonias y hace el Itá.

La formación para alcanzar este nivel no se improvisa. El estudio especializado se realiza bajo la tutela de un Oriaté de reconocido prestigio y experiencia. No es un título que se otorga con ligereza. Detrás hay años de aprendizaje, memoria y práctica junto a quien ya domina la liturgia.

Todas las ceremonias de peso deben ser conducidas por él. Desde un Oro a Eggun hasta las ceremonias del Ituto o funeral yoruba, pasando por los cantos a Ozain. En este punto conviene detenerse. Una expresión popular entre santeros afirma que sin Ozain no hay santo. Esto significa que antes de cualquier consagración debe hacerse un Ozain. El trabajo consiste en realizar un mínimo de dieciséis cantos rituales a esta deidad para que bendiga el extracto de hierbas que servirá para purificar los elementos sagrados que se van a fundamentar en ese momento.

Los cantos, llamados suyeres, ocupan un lugar central en el trabajo del Oriaté. Debe realizarlos por completo en lengua yoruba. Cada uno cumple una función específica dentro de la consagración. Por eso el Oriaté necesita conocer su significado y usarlos en el momento exacto. No se trata de repetir sonidos. Se trata de saber qué se pide, a quién se le pide y para qué.

Estos cantos varían según el caso. Hay cantos para Egun, los espíritus guías, en los que se rinde tributo a los antepasados y a santeras, santeros y babalawos difuntos. Están los cantos de Ozain, que deben hacerse en un mínimo de dieciséis para poder consagrar las hierbas. También existe el Oro de Igbodú, los cantos ceremoniales del cuarto de santo, que son suyeres dedicados a los orichas.

En el momento de la consagración el Oriaté canta en yoruba al menos tres suyeres a cada oricha. Estos cantos son precisos. El Obá debe tener pleno conocimiento de lo que hace, porque hay cantos para llamar a los santos y hay otros para calmarlos cuando se posesionan del santero y llegan aturdidos tras el largo viaje del cielo a la tierra. Ese detalle muestra la exigencia de su oficio. Un canto fuera de lugar altera el sentido de la ceremonia.

Más allá de los cantos, el Oriaté conoce con claridad los conceptos religiosos de los yorubas y el significado ritualístico de cada ceremonia que realiza. No opera de memoria mecánica. Comprende el porqué de cada paso.

Otra de sus funciones es interpretar el mensaje de los orichas a través del oráculo de los caracoles en la ceremonia del Itá, la lectura del porvenir. Allí debe tener pleno dominio del oráculo. Debe conocer los rezos de cada signo, los cantos del Nangareo, que es el desayuno ritual que se tiene con Olorun antes del Itá, y el ebbó de estera. En este ebbó el Iyawó, el recién consagrado, queda limpio gracias a la influencia de los signos y a los rezos que se hacen en cada uno de ellos.

El Oriaté necesita entonces herbología, cánticos y rezos de las plantas, rezos para llamar a los orichas en el oro ibodu, manipulación e interpretación del oráculo en la consulta de iniciación y jerarquía de los rezos para hacer el ebbó después de la lectura del Itá. Cada una de estas áreas exige estudio propio. Juntas forman el cuerpo de saber que distingue a un Oriaté de otros iniciados.

Conviene aclarar una distinción de funciones dentro del cuarto de santo. El Oriaté dirige, pero no trabaja solo. La Oyugbona asiste a la madrina o al padrino en las ceremonias. Ella deja todo preparado para el día de la iniciación y facilita al Oriaté las cosas necesarias. Baña y viste al Iyawó, trae su comida, hace las rogaciones y permanece pendiente de cada detalle del Igbodún. Esa colaboración sostiene el trabajo del Oriaté. Sin una Oyugbona atenta, la dirección del Oriaté carece de apoyo.

Comprender esta figura ayuda también a reconocer prácticas que se apartan de la liturgia. En la Osha las ceremonias de consagración se hacen completas. No existen medias tintas. El Itá se hace cuando el santo nace, con sus rezos y su orden. En la mecánica de hacerse santo el Iyawó tira el Diloggun con sus propias manos y esos son sus odunes de nacimiento. Un Oriaté que conoce su oficio no acepta atajos que fragmenten la ceremonia. La coherencia ritual protege al ahijado.

La figura del Oriaté encarna memoria, disciplina y responsabilidad. Quien asume ese lugar carga sobre sus hombros la conducción de momentos que marcan la vida religiosa de otros. Por eso su jerarquía se gana con estudio y se sostiene con conducta. Conocer su función permite al practicante valorar lo que ocurre en el cuarto de santo y distinguir a quien dirige con fundamento de quien solo aparenta hacerlo.

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